Mentira inocente

 


Ahora que sé que soy el último hombre en el que llegan las preguntas sin respuesta, el último hombre que creía en lo que nadie ve, el último hombre dotado de una gracia en las estrellas, nadie pensó en mí cuando tenía mi propio oxígeno, oxígeno que se promovía y se expandía por mi mundo interior, solamente mi madre y mi padre lloraron cuando me quitaron los pétalos al verme desnudo en el prolegómeno jardín que me miraba, y mis ojos, cosidos con el nylon de los dioses, como estatuas de porcelana en la quietud del adorno, repleta la efigie de silencio, como soles interiores que no huyen y contemplan una pared, que quietos de esperanza se estremecen de noche,  de noche desde la pura brisa sureña, yo presentía el acto canibal de encontrar un Saturno devorando a sus hijos, presentía yo que el cielo mentía desde la inocencia, y mi camino iba a ser lento y preciso, porque nadie quiere ver un corazón roto.  Porque yo también creía en una verdad de párpados abiertos. Y siempre supe de que Dios guardaba un secreto. Un secreto que me daba la razón en el equinoccio del verano. La mentira inocente es la contención de las tardes que predicen que Dios estaba totalmente azul, y que el crepúsculo no reía sabiendo que la ceguera era una mentira inocente. Él, ante un muro ciego en el que se construían las cosas, tuvo la intuición del todo fresca y nueva, que la hierbabuena no crece en ningún corral de la tierra, y mucho menos en el asfalto. Que la virtud de desnudarse solo es reservada a los elegidos del silencio. Y que nadie ha de profanar tu silencio, al menos que te paguen por amor, verdadero amor del que el mundo noble está dispuesto a darte.

 

 


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