Escribimos para que nos consuelen las palabras
Escribir para sí por si acaso nos entiendan las voces del alma, ya que con los ojos abiertos miramos, al espíritu que nos habla. Escribir es como una terapia. Una terapia que se hace triste y lenta cuando no existe el punto de vista de tantos, y tantos escritores. Leemos para entender lo que otros son y lo que han vivido. Leer es reencontrarte con el agravio convertido en sed, que nunca se sacia, pero que vamos en su busca, una no, cien, miles, millones de veces. Porque si no tuviéramos la literatura moriríamos de tedio, de realidad descarnada, de angustia o regomello. Escribimos y leemos para quitarnos el vinagre de las sopas frías. Menos mal que en el mundo hay poetas que nos digan la verdad, pero también los hay que nos ayudan a estar listos para enfrentarnos a la flema del asco. Son esos poetas, que no cantan pero que hieren, que no dan pena pero te dan consuelo. Hay muchos poetas buenos en este mundo. Los hay quienes se apuntan a un bombardeo de palabras, y que nos estallan los cascotes de la verdad en las manos. Escribimos para que nos consuelen las mismas palabras que un día nos hicieron daño. Escribimos porque mientras escribimos encontramos las voces de la humanidad en un llanto que nos deja perplejos y les secamos las lágrimas con un suspiro. Y mientras tanto, vivimos todos entregados a la poesía y morimos cuando otros mueren un poco.
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