Crónica de un cumpleaños

 


Nací un 30 de abril de 1974. Si hubiera nacido un día más tarde o un día más temprano, tan solo un día, yo sería como vosotros, igual, a como lo son mis hermanos hoy por hoy. Abrazaría a la palabra desnuda todas mis ilusiones, confiaría a la humanidad todas las verdades germinales del mundo y me volaría la cabeza con sifones espumosos fervientes de alegría, ya que sería segregada la molécula o la célula que burbujea y que estalla, y con los ojos cerrados sería otra vez un insensato, un inocente en manos de la discrepancia; eyacularía esperanzas como si salieran sin pretenderlo todas las cosas sencillas sin rezago, adentraría mi voluntad hacia cualquier agujero repleto de miedo, gemiría de placer viendo pasar a las chicas, y las piropearía porque un piropo es algo más que dar halagos y adulaciones, lo haría para verme entregado a la carne con tal de conseguir el azul de los días amplios y luminosos, tan solo por ser un poco de lo que antes fui besaría tu boca y cambiaría mi libertad por oír tus gemidos de alcoba. Si hubiera abierto mis ojos a la vida justamente ahora preguntaría con ganas de hacerlo qué fue de aquel sosia que me precedía y que ahora entierran entre un día festivo y un día laboral. Bostezaría de orgullo ante los que fanfarronean el hecho infecto de tener patrimonio y vocearía si estuviera loco a la víspera de la mentira, porque la mentira es como el bridge, porque todo en la vida es fingimiento, y para fingir es importante saber quién eres y lo que no.  He tenido la suerte de conocer el punto álgido y la quinta esencia de mis padres y hermanos. Llevo en este mundo cincuenta años, medio siglo. Diez lustros. He visto humillarse hombres y mujeres por amor, por un amor que a nadie pertenecía. He visto llorar patéticamente a hombres a los que les fue arrebatada un pedazo de paz. He estado al borde de la muerte, al menos que yo recuerde, unas cuantas. He visto llorar a corazones duros, he visto sonreír a más gente frente a la muerte, que gente resignarse, y he visto la desesperación en los hospitales, en los entierros, en los tanatorios, y en las consultas; y también he visto en los bares brindar por cosas sin mérito, y darle la razón a los borrachos por el hecho de consumir, lo descartaría sin previsión. He visto a gente perder su dignidad, y también he visto a gente que daba una bofetada de verdad sin tocar a nadie un pelo. He visto crucificar, apedrear y lamentar a tanta gente, que si me muriera se acabaría el sentido dado a la vida, ya que no hay nada más vivo que la muerte, pues ella nos pertenece. He visto la cólera, la rabia y la ira con su cola roja arrancar un grito a los más duros de corazón. He visto y quiero seguir viendo. Aunque no vea del todo nada, pero todavía siento, y eso, es hoy en día revolucionario.

 


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