Nos robaron el azul

 


Nos robaron el azul de los sueños en la mortaja fría de los baúles, de los tambores de detergente donde los niños guardan sus juguetes preferidos, entre las Biblias y los Talmud, y los Corán, entre los años desde la nostalgia, que no es otra cosa que soñar de nuevo, de dioses que dan certezas cuando solamente hay preguntas. En el tejido ebrio de los bares ambarinos hay un azul oculto de un azul tranquilo, en el preludio de los reservados en las discotecas, en los cómodos besos del amor correspondido. Nos robaron el azul y lo prodigaron en los cenáculos de gente sin corazón, gente que no conoce el azul verdadero. Hay gente corriente con mucho azul en sus corazones. También hay azules en las entretelas de mujeres que lastran un sueño diurno en las postrimerías taciturnas de las fiestas. En sus contenidos también, en sus palabras sin reveses interesados, en los órganos que son un te quiero desde los ojos, y se ennegrecen al mezclar en las mejillas rosadas un sueño de cisne entre sus picos. Porque no es el mismo azul el de los mares, y mucho menos, el de los océanos. Tampoco hay azules en los enterrados ni en los enterradores, no existe porque no lo conocen los azules de aquellos que no amaron, y de los que se mantuvieron con los ojos cerrados de por vida. Hay azules en las esperanzas de las primaveras, en los remates de un ensueño de paz. Hay un Dios azul en cada niño que nace, y en otro que muere. Hay cielos azules en casi todos los cuentos de amor y fantasía. Y azules en los designios de una madre, de un padre, de un hijo necesitado. También hay azules desde los conocedores de astros y vestigios somnolientos, desde los que han marcado huella y rastro, desde los que pilotan un avión y cruzan los hemisferios de divino azúcar crujiente que estalla en los paladares. Los que conocen bien los azules son los zapatos que se entregan al atávico sueño azul de las noches. Hay también noches azules. Noches cobalto en las esperanzas de morir para verlo todo. Hay azules que se tapan con nubes blancas que acentúan los sueños del atardecer con hambre eterna de sueño. Hay azules, sólo sé eso, hay azules, y en eso se trata la gran verdad entre el cielo y la tierra.


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