La cólera y la ira
Cuando las uvas de la ira desmantelen toda tu animadversión, verás, que los hombres nuevos se olvidan de pisarlas ante el gran vino que de ellas se desprende. Pues se pisa y se pisa el mosto que fermenta de ruido olvidado. En la antigua escarapela del Inca hay un suburbio repleto de mar que estalla en cada indio que sobrevive, que es superviviente del suburbio, rodeado de un océano que empuja fuerte y vivo todo el ensueño del plástico donde se envuelven los ingratos sabores. Vienen del sur y del norte, del este y del oeste, a ver replegado el Euro en los calzoncillos mojados de los hombres desmantelados, satirizando servilletas con que se limpian la desfachatez. Vienen porque solo les queda la esperanza del cambio. Toda moneda lleva una ceguera errante que no conocen los que tienen los pies en el sueño. Atraviesan un océano, un continente y los extorsionan los otros parias sin escrúpulos que hacen ganzúas de las cerraduras y de los cerrojos. Piensan los hombres calvos y con cara untada en la cola de los pegamentos, en la comisura de las blancas promesas, que vienen a quitarnos el pan y el rostro, la efigie y la mujer sola que nadie quiere ya, piensan que al sol se lo han arrebatado todo porque no tiene ya nada que ofrecer, pero en las colinas y en los cerros calcáreos se oyó, todo un rumor que atestigua que un montón de seres humanos son esclavos de la otra parábola insignificante. Vienen atravesando las tormentas de fiebre, y el calor de los hijos se intercambia repleto de nieve. No hay humanos que desciendan desde la humanidad, hay humanos que ignoran que no son humanos. Nos bajamos todos del árbol del cacao para creernos, al pisar el suelo, que unos pocos tenemos derecho a la nociva epidemia de los alimentos caducados en una plegaria rica, y repleta de sentimiento incauto. Pero para ellos es el trabajo que no quiere nadie, y ellos se agarran a la espiga, y el alma los abandona de ellos mismos.
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