Fábula de la ciudad

 


Paseas por la rambla con ganas de patear a las palomas que se te cruzan, que salen a tu encuentro, pero ninguna es blanca, todas van vestidas de gris, el mismo gris del asfalto. Los gatos huyen de tu paso en los arrabales, y cientos eriales se desnudad de hierba en tu presencia. Los perros todos te ladran, porque te conocen ya. Jamás quisiste ser piropeado por chaperos y tampoco deseaste ser la burla de tu barrio. Has aprendido que dos más dos nunca serán cuatro. Quisieras ser lo que nadie quiere ser, pero eso a ti te la trae al pairo. Me pregunto si el hecho de ser precario es si lo soy yo, o si lo eres tú. Tú que gastabas al azar bromas por teléfono y te reías a carcajadas. Tú que metiste el dedo meñique en un enchufe de la corriente. Tú que doblabas minuciosamente la ropa limpia que te ibas a poner al día siguiente con suma perfección. Tú que grababas con la aguja de un compás el nombre de tu primer amor en los armarios de la casa de tus padres. Quiero que sepas que lloré cuando llegaste, pero también lloré cuando te fuiste. Las tarjetas de crédito y de supermercado te hacen un esclavo. Te hacen sentir la soledad como una sucia rata. Nadie vendrá a salvarte de ti mismo a no ser que tú te salves. Las ambulancias vendrán a por ti, sí, y en los hospitales grabarás tu fantasma de la infancia en los te amos en vigilia. Hay lugares en las ciudades repletos de paz, pero son siempre los cementerios.


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