Conversación entre autor y editor

 


Quisiera volver a la placenta de mi madre, a los testículos de mi padre. Este mundo no está hecho para perdurar, ni creo que sobreviva. No pretendo ser agorero ni pesimista. Pero imagínense que todo volviera a como cuando éramos recién nacidos. Nadie se acuerda de esos tiempos. Porque venimos de la nada y hacia la nada nos encaminamos tras la muerte. O puede que no. Puede que adentro de mi esperanza todavía me dé tiempo a creer que nos encontremos en el lugar donde habitan los sueños.

El otro día hablando con Pablo Méndez Jaque, mi editor y amigo, me dio un consejo que guardo en mi corazón. Más bien un consejo y una confesión. Me dijo que mi madre era encantadora, y añadió, cuídala Cecilio, tener una madre así es magnífico. Y acabó la conversación y éste me confesó: —Ojalá pudiera decir yo lo mismo. Y yo me quedé helado, no supe qué decirle.

Pablo es una persona tan intuitiva e inteligente que nos despedimos y me dejó un regomello que me duró todo el día, o toda la tarde. El caso es que esa es mi conclusión para estos tiempos pasados y los que vendrán. —Ojalá pudiera decir yo lo mismo. No me quiero enrollar en este asunto. Yo tengo a mi madre y a mi padre, a los que debo de disfrutar. Disfruten de lo más valioso, que son las personas y lo que gratuitamente te dedican, que es el tiempo, los abrazos, las reuniones y el amor. Pero si a alguien le sirve de algo, recordemos aquello que aprendimos de niños en la clase de ciencias naturales: —La energía ni se crea ni se destruye, simplemente se trasforma. Y eso es lo que Pablo seguro sabe, pero ni de eso estamos seguros. Gracias Pablo por tu cortesía y por hacerme ver algo en lo que no había reparado. Y es que somos efímeros, y como dice la canción, me río del mundo que al fin ni él es eterno.

 

 

 


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