Pobres escritores
Alguna vez me he preguntado acerca de la vida de los escritores. Escritores ataviados con sus atuendos repletos de palabras, en sus disfraces, que con el paso de los años te das cuenta de que de nada sirven los disfraces. La vida de un escritor no sólo es unir palabras unas tras otras. Unidas por el cordel de la razón. A veces una novela y un poema es como el que revela una fotografía, y al meterla en la primera cubeta, vas dilucidando una imagen que debe estar en un tiempo preciso. No se debe revelar ni poco ni demasiado. En el cuarto oscuro, iluminado nada más con una luz roja, que más que luz, es la luz interior del escritor y del poeta. Los escritores vivimos amarrados a las palabras. El escritor más honesto que he podido mirar, y no leer, es Miguel Delibes. Miguel ha llevado a la pantalla grande (ahora pantallas más pequeñas) historias que son el calcado reflejo de la sabiduría del hombre de campo. Del hombre a la misma altura de sus semejantes. Él, era un cazador que escribía, y no lo contrario. Un hombre con tanta lucidez sobre la vida, no es solo un claro aporte a la literatura española, sino mundial. Un escritor que tuvo un editor, el mismo editor que Josep Pla, es sin duda un escritor que no pretende comerse el mundo, sino que prefiere contarlo desde una tribuna, en la cual, de la vida se aprende. Un escritor es un testimonio claro de su tiempo. Al ver una película de Miguel, entiendes que la vida está erguida ante el abecedario expresivo. Se debe ser fiel al lenguaje, pero también se debe ser fiel a la honestidad. Y es en Delibes donde el hecho de ser honesto se hilvana o se moja en la misma bañera que la dignidad humana. Pues es un escritor no solo emparentado con la honestidad, sino que era todo un alarde de lo que somos los escritores, seres humanos ataviados con las palabras, pero aún más, emparentados junto a la verdad de las cosas que conocemos. Ese es el pilar fundamental. Escribir de lo que se conoce.

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