Ebrios de infancia



 Te busco por las redes sociales, por todos los portales web, derramo tu nombre en el esperma de mi mundo totalmente digitalizado, mi misterio de vida es la historia de un mago desde el azul de Constantinopla, desde la palabra poliédrica, desde el azar de la imaginación delirante. También te busco en la guerra de la arcilla contra la ceniza. Te busco en los metros milímetro a milímetro. En las realidades adentrándose a los interiores de la selva, al espectáculo en blanco y negro de los pigmeos fumando y tocando el tambor. Te busco en los algoritmos, en la inteligencia artificial, te busco en la computación cuántica, te confundo con un bit de hace años y lo comparo con un cúbit de los de ahora. Hago capturas de chicas que se te parecen, pero nada, nada, no te encuentro. Te busco en las fotografías con alfileres pinchando tus emulsiones en un mural de corcho, y hago poemas con efluvios pluviales y para mí todo pertenece desde hace ya treinta años, a cuando yo guardaba la compostura, y era otro porque ignoraba, lo ignoraba todo, hasta ignoré la savia de mi nombre, ignoré la prisa vegetal de las costumbres y el abono de la risa, la risa, nuestra risa. Todo se ha evaporado. Las galleras abandonadas, los mercados bulliciosos ya no existen. Te busco y no te encuentro. Te busco en los vinilos, en las cassettes, en los CD’s y en los VHS, y no logro encontrar esa pieza azul que le falta a mi puzzle de 5000 piezas. Te busco en El Libro Gordo de Petete, en los cuentos infantiles, en los Monopolys, en los extras de los Goonies, en los tebeos de Zipi y Zape. Te busco en los cascotes y escombros de mi pared dinamitada con flores del amor, ya que yo con flores amaría, aunque me juegue mi libertad soterrada. Ya no vienen las visitas como antes, aunque yo solo ni me aburro ni de mí encontrarás una furtiva lágrima. Escucho psicofonías por la radio, sintonizo entrevistas y arrincono tu recuerdo en la nostalgia, nostalgia hecha de bicarbonato. Te busco en el lugar exacto de mi apartado de correos, en las cajas fuertes y sólo encuentro documentos y certificados que acreditan mi defunción. No mi muerte, sino la de mi corazón, ¿dónde estará? ¡Dios sabrá dónde! 

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