Estanco Online
Vamos a conseguir nosotros que vendan los estancos ondelivery en todas las plazas sin látigo ni aurora, en las calles donde circundan céntimos de hojalata en las aceras, en los eriales tristes que quisieran ser parques eternizados, y no pueden porque se atan a los placeres inmediatos. Este mundo ya no es lo que era. Nos encerramos en las casas porque no tenemos nada interesante que mostrar. Echamos breves cerrojos capitales en las cloacas donde las ratas son diagnosticadas con el gluten de los plácidos vigías. Ya no es la vida un juego en las calles, ahora la dioptría está seca de pantalla y píxel donde mascan tabaco los niños que dejaron en la puerta de sus apartamentos extinguidas letanías que bostezan. Un estanco ha cerrado toda la Semana Santa. Si, porque creía el dueño que los fumadores se arrancan las costras de la primavera con lancetas para vacunar, y que cambiarían, si pudieran, los errores suscritos bajo el mar con tipex endurecido para erradicar en él todos los errores, sí, el error que cose cicatrices, que emerge suspirando entera la esperanza, porque aquel que ha perdido la esperanza lo ha visto ya todo. Vamos a conseguir que los estancos repartan el vicio con bicicletas que trepan las escalinatas del sueño y el confort vetado para los desheredados del mundo. Ya estamos cansados de estar cansados. Mientras la última versión de nosotros culpen a los burócratas y a los burgueses que tienen un avispero en la mala noticia en el ánimo celeste de los sueños ebrios, ya no buscará el letrero en los pies sumergidos. Que la vida fácil escuece más, que no podemos esperar a que pasen el haro del ombligo los niños que comienzan a salir por las tardes rotos de inocencia. Llegará el día en que nos casaremos por poderes, e ingresaremos dinero a través del Bizum de párpados de Euros y dólares y libras esterlinas en los sollozos que ya no gimen, porque la comodidad tiene tilde en los sofás y en los colchones de muelles, donde escondemos la traición de las mujeres prometidas por los tíos venidos de América. Nos extinguiremos con la pasividad de los cajeros hechos añicos. Mientras un poema sea un canto, a los lúgubres pasajes de la memoria, que no habita en ninguna parte.
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