El sótano
Cuando era adolescente era tan enorme mi miedo a las ratas del sótano de casa de mis padres, que cuando guardaba la bicicleta, la dejaba caer en las escaleras. Caía y salía despavorido, pero ese no era el verdadero problema. El problema en sí era cuando al otro día tenía que coger la bicicleta, ya que estaba abajo tirada en el suelo. El sótano olía a como huelen las cloacas. Ese miedo me ha acompañado toda mi vida, pero de distinta índole. Miedo por ejemplo a las garrapatas desde que a mi hermana le encontraron de pequeña una de ellas detrás de la oreja. También, miedo a los perros de presa, también miedo a lo que se podría llamar como superstición, miedo a lo verdaderamente típico como no pasar debajo de una escalera, o tocar madera. Las supersticiones son un acto tan profundamente obsesivo como persignarse, o cruzar las piernas, o sacar la lengua a modo de broma. Es algo que lleva implícito la actitud totalmente obsesiva de la personalidad. Pero bueno, el ser humano es así. Tememos tres cosas en la vida. A la muerte, sea esta de la clase que fuere; a la soledad, cosa por la que se han hecho verdaderas locuras; y otras, como la locura. Actividad oscura donde las haya.
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