Ni la leche de las hormigas
La madre para uno es todo. Cuántas veces arranqué tu primavera como un energúmeno desconsiderado. Sé que gracias a ti no me faltó ni la leche de las hormigas, ni un libro con piel de cocodrilo, ni me faltó el calor de tus inviernos, ni el efervescente suspiro en los veranos. Mamá, tú eres, la hierbabuena en la sopa, la albahaca entre la dama de noche, y un suspiro de un jazmín nevado te nace desde la piel a la sombra. Contigo no me faltan ni los huevos de tortuga, ni las horas en comisaría, y a los acantilados irías a buscarme si una tormenta se propiciara contra mi pequeño velero sin nombre. Contigo no me faltan ni sol ni luna ni paz al viento. Contigo no hay perdones pues tú a la hora de la realización ya perdonaste con ojos de madre. Mayor que todos mis te quieros es la tregua que nos damos cuando el dinero no es ni el refugio, ni alivio, ni analgésico que nos redime de dolores del alma. Hay madres, madréporas, y madrazas, tú siendo madraza, te he visto en los duelos de la envidia pelear por un metro de cota, colina a colina, has ganado todas las guerras, y has visto el peligro de mi ceguera en la guerra con ventaja y desventaja. Una madre es mil madres. Una madre es un preámbulo y una noche agradable. Eres madre porque te agachas para rescatar mi aurora perenne desde los cielos de azúcar. Viejos atardeceres nos esperan a la puesta de sol, unos millares de sueños azules nos consuelan mientras huimos del bostezo de la madrugada. Y una soporífera custodia de blancura me traerán tus algodones existenciales.
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