Los ojos abiertos
Si yo no hubiera abierto los ojos al mundo ¿de qué podría yo escribir? De nada. Abrir los ojos ha sido un antes y un después en la lógica naturaleza de la mañana. De la mañana inusitada. Un sol en lo más alto es augurio de ser aquello para lo que naciste. Ahora que ya está el sol en lo más alto, ahora que han llegado las aguas al colmo de los vasos repletos, al tizne del carbón en los bordes blanco y negro de esta perla de grisalla que no cree en la mitad del alma rota. Ahora temo cuando llego y cuando me voy, tengo miedo de cuando voy y cuando regreso. Temo cuando me marcho y temo cuando retrocedo. La vida es una temeridad, porque al irme encuentro, temo soñar sin sueño, y temo perderme en un laberinto. Caminar es errar y errar con la valentía del temor ya superada. Hay muchos tratados en Roma, además de catacumbas, y hay amor en todos los hospitales, en todas las plegarias para la buena salud de un ser querido. Se dan más abrazos de reencuentro en los aeropuertos que en todos los perdones sin arrepentimiento. Busco mediante el carbono 14 mi verdadera naturaleza malgastada, mi verdadera naturaleza bebida de un trago, mi única virtud: la esperanza, la esperanza que se me renueva cada mañana. El uso de los ojos abiertos es libre pero no libertino. Ojos abiertos en el desayuno, en el almuerzo y en la merienda, en la cena se alimenta uno poco para andar y reanudar ligero aunque jamás vacío.
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