Busco en todo un hermano mayor

 


Busco un interrogante que desnude a mi pregunta que es una respuesta en el color blanco de los porqués, el corazón blanco que dormita hasta que se desnuden los interrogantes para que vengan a verle los gitanos del sol, los hombres de las lluvias del siglo, y el sabor de los indios que es un sabor entre lúcuma y carne de pulpa, entre la miel de frutas y la pachamanca en Huancahuasi. Busco quien me defienda de mí mismo en la introducción que hago de mí mismo. Busco a alguien que me proteja de mi solitaria duda que arranca toda la verdad con la que sueña la noche. Busco un hermano mayor en las mentiras de manto inocente que se plagan de inocencia y hace sonreír en las sombras a los que saben de este juego nocturno. Busco y encuentro a los hombres del mundo protegiendo el flujo sanguíneo de la paz que proclama la única verdad en las entrañas de esta tierra. Yo no quiero soñar con el alba, pues no la encuentro, tal vez encuentre a aquellos muchachos que sueñan con una flor en su pelo dedicada por la única mujer que se atrevió a soñar cien primaveras. Cada primavera parió un mes de abril, miles de flores te esperan con los brazos del cielo y se circundarán los niños que exigen un beso negro en la pupila derecha de sus hijos. Me gusta mi mixtura de razas, pues en este mundo no hay nada sin el tinte negro de los africanos, ni tampoco hay campo a través de los niños amarillados que se casan con la aurora de pies descalzos y con un despertar estupefacto de soles con las que se viste el crepúsculo. Hay en todo el mundo unos ruiseñores que titilan por ver su anaranjado cielo que los espera para oírlos cantar mientras se apagan convertidos ya en gorriones que mastican la miga del pan insomne. Busco que me defienda la noche, que me defienda de mí mismo, de mí mismo, porque confío en ella mi floresta encantada que entrego con los ojos opacos. Las señoras casadas se cruzan de piernas, y se pintan rayas como Cleopatras dóciles con el rímel que les sobra porque ya no hay cosméticos en los lugares donde se prodiga el miedo. Donde han dejado que se desangren las ciudades por el capricho de cáscara vacua que condenan los capitolios de blancas legañas podridas. Yo no quiero que me defienda la mañana, porque si la mañana sin sol fuera otra cosa, jamás pediría que me defienda la buena mujer de bronce, y el musgo seco que me quiso advertir de las huellas ya trazadas. Yo estoy tan cerca de la vida y la muerte que me asusta. Me asusta la verdad con que me enfrento a la vida, y me deja contrito de miedo la verdad de los mundos.

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