Carta a un buen amigo

 


Tengo grandes esperanzas puestas en ti, pero sé que te hago daño, tal vez sin querer, sin proponérmelo; que te crucifica mi forma de ser, que te tortura mi diferencia crepuscular, el latido de mis párpados, la ceguera que me ata, el reguero de mi sangre hacia el destino. Eres bueno y noble, notable donde los haya, te quiero y te digo que de tarde en tarde vengas a verme, aunque yo no te vea, aunque veas en mi mirada un clavel marchito. Creo en mi débil esperanza, pero es imposible esperar ya lo que seguramente vendrá, no obstante, no es imposible tu anhelo. Yo soy el esclavo de tu nombre, porque despiertas dentro de ti una ilusión nueva puesta en mi sed que revienta de diabetes, tres veces en semana, impostura tras impostura. Cada vez que hablamos buscas en mis entretelas de invierno la alegría dentro de mí.  Buscas algo que yo puedo darte, que puedo ofrecerte, aunque no me encuentras, yo busco algo en ti que no puedes darme a estas alturas de la vida. Y te decepciona que caiga en la derrota de mis pasos. Cuando hablo contigo me pregunto si eres poeta o poema, si eres corazón con pelo o sin pelo, si eres voltereta alegre o te sometes a la tristeza. Te quiero, pero hablando en plata, me como el oro líquido del tuétano de tus huesos, lo mastico, lo saboreo, y me alegro de que el sacrificio sea para verte dentro de la carne de mi carne. ¿Por qué pesan tanto estos pensamientos míos? Quisiera verte y decirte que eres alma consagrada a mi persona, y te gustan las cosas que a mí me gustan. Me gusta que no pierdas la curiosidad en mis días.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Neodimio

Actividades Antiamericanas

El mejor antidepresivo