Callarme cuando quiero gritar


 Si me despierto en silencio es porque sueño un griterío bajo los sueños poliédricos de las campanas. Hay montones de plegarias en los caminos de los hombres perdidos. Un agasajo de sombras insiste en la precariedad del cielo. La tierra escarba en las sombras un yugo de desnatadas cremas de orgasmo. Si callo es por los niños y niñas que gimen soñando. Voy a dar la voltereta del mundo en el exigente preludio de violines y escafandras en la gran colmena de abejas que andan sumergiéndose persiguiendo a los corales del sueño. Callarme quiero por defender a los niños que eyaculan en el onírico pasaje de antros sin cortinas. Los proxenetas señalan a las muchachas dueñas del ébano con el vodoo marcado en la piel del miedo. Si señores, esta es la Barcelona que no ven los turistas en sus autobuses descapotables, suelen pasar como incautos en las noches de terrazas de brumas que pertenecen al escalofrío, y sustentan el vinagre desvalido que quisiera ser de Módena, pero es de Jerez. Los días no son todos iguales, ni las noches, por eso existe una mecha que corre hacia la pólvora y cada ruido es sonido, y cada sonido es un silencio a ratos. Nos adormece la cábala china de los rumores de tragaperras a todo trapo. Hay ratos de café en la tarde de las cinco, hay semillas en los entresuelos y sótanos amarillos de nicotina, donde se pegan los mosquitos recién bebidos de la sangre que morirá una vez al día. Porque se pesa el kilogramo de manteca en la plegaria de los crueles y los malvados que mantean un cúmulo de esferas en la guadaña de los hombres que siempre están sumergidos entre las flores de algodón.

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