Capplannetta y la llaga incesante



En el pensamiento tengo una llaga con la que me tapo la cara. También mi vida precaria me causa dolor de llaga incesante, bajo los estrictos y puntuales pagos que se adjudica la banca. En la cárcel por tener deudas no me van a meter, pero estoy en una cárcel, ya sea de traslúcido cristal o de metraquilato. La espiga se alza por encima de nuestras posibilidades, y eso, es otra llaga que mata a la gente de hambre. Los buenos amigos no son solamente quienes te presten dinero, sino que trasmiten la esperanza del generoso hombre que renuevan la arcilla de Adán. La vida sencilla y con plenitud no conoce llagas. Llagas, las de los trabajadores, las del marinero, las del obrero. Porque entre sus días se despiertan somnolientos y devorados por la antigua manera del interés al 13% para gente como yo que es un 1%. ¿Quién es el genio que inentó los intereses? De verdad, los inventó el monstruo asqueroso del dinero fácil. De ganar, porque el dinero es un vicio repugnante para mí y para casi toda la humanidad. Se aprende de cifras con el contable, se moja el dinero parapléjico aunque volátil como un pájaro repleto de piojos. Se aprende las sumas y restas. Poco se divide, pero hay millonarios que multiplican ceros. Malditos hijos de perra. La Navidad es aberrante, la religión no hace a la gente buena, el ahorro es imposible, y en los supermercados se vende la vida ahorcada de los patíbulos y los barrotes de acero del código de barras y la manía asfixiante de almacenar. Este mundo es mío y tuyo, o quizá no pertenece a nadie, pero está tan sola la bola azul, la supernova esférica e inmunda de este mundo sin apetencia. No nos dejan ser lo que somos, pero puede que sea leyenda urbana. 


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